Ahora que mis lagrimas ya no me dejan ver las estrellas, ahora que sueño alegrías y me despierto rodeado de tristeza, ahora que habiendo crecido deseo volver a ser niño, es ahora cuando me pregunto si el cariño merece la pena o por el contrario es mejor enterrar los sentimientos en la profunda fosa del frío y seguir caminando solo.
La primera opción es casi un suicidio; entregar a alguien el corazón como se le regala un juguete a un niño que pronto se cansará de jugar. ¿Qué posibilidad hay de que esto no ocurra? ¿una entre un millón? Demasiado optimista.
La segunda posibilidad es un traición; negarse a uno mismo el cariño, la ternura y muchos más sentimientos por culpa de un miedo, en ocasiones irracional, a veces provocado y todo ello sabiendo que dicho miedo se podría superar, a que precio no lo se.
Pero, ¿quién es capaz de decir con total seguridad cual de las dos opciones es la acertada? ¿quién es capaz de decir que el que no se arriesga no gana?, o por el contrario ¿quién puede decir que el que no apuesta no pierde?
Dos pensamientos opuestos a los que nadie da una respuesta concreta, que tan sólo llevan al caminante al país de ¿y si yo hubiera…?
Ahí queda expuesto el dilema, el que se atreva que lo resuelva.
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1 comentario:
Vainilla, rosa y violeta… tres colores
que nos dicen que el cielo es de color azul. Ha llovido demasiado.
Las rocas sufren las inclemencias del dolor de las olas del mar,
el clinc-clinc de los mástiles de las barcas nos recuerda
que nunca podemos estar solos en ninguna parte…
Y en todas a la vez.
Un trueno, muy lejos, me murmura que ningún pájaro va a alzar el vuelo.
Y todo sigue protestando
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